Lula: la caída del emperador popular

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En el ámbito judicial, Lula arrastra varios procedimientos. El primero de ellos le ha valido una condena de varios años de prisión que el tribunal de alzada acaba de ratificar y aun hacer más severa. Actuó el juez Sérgio Moro, muy respetado y ratificó por unanimidad el tribunal de apelaciones. Pese a todo, no faltan quienes, incluso en nuestro país, despotrican contra la Justicia brasileña y, en ese doble código tan afín a populistas y totalitarios de izquierda, lo declaran mártir de un poder vengativo y parcial. Los hechos, sin embargo, nos dicen que el Poder Judicial brasileño viene actuando, desde 2005, en que reventó el “mensalão”, con una gran parsimonia, cuidado de las formalidades e independencia. Tanto que no solo ha castigado a políticos, sino que ha sido implacable con los mayores empresarios del país. Podrán objetarse algunos procedimientos, podrá discutirse el abuso de la peligrosa práctica de la delación premiada, pero nadie podrá decir que esa Justicia ha sido complaciente y parcial con el poder político o el económico.

Más allá de ese debate judicial, en lo político, los hechos ya comprobados demuestran fehacientemente que Lula presidió los gobiernos más corruptos de la historia brasileña. Su primer período apenas inició algunas prácticas corruptas, pero a partir del segundo y de los gobiernos de Dilma Rousseff (elección y reelección) se inició el desbarranque. La cúpula del Partido de los Trabajadores (PT) había resuelto armar una maquinaria electoral imbatible, que lo eternizara en el poder. Y para sustentar puso a Petrobras como epicentro de una corrupción que se hizo sistémica. No fue un desvío de algunos funcionarios actuando por su cuenta, cosa de la que ningún gobierno está libre. En el caso, se armó una estructura que empezaba en las alturas, con los ministros más importantes, desde el de Economía hasta el de la Presidencia. El primero, Antonio Palocci, ha sido rotundo en señalar que el presidente Lula fue quien hizo el acuerdo financiero con el empresario Marcelo Odebrecht para las grandes financiaciones políticas. No hay duda de que una estructura de esa magnitud no se podía llevar adelante sin el Presidente. Salvo que pensáramos que era un pobre incapaz, manejado por una camarilla de ladrones que a sus espaldas movían los piolines para que diputados díscolos votaran o hubiera raudales de dinero para toda la movilización política.

Eso nos lleva de la mano al tema moral. A la luz de todo lo comprobado, ¿puede el ex Presidente decir que nada tenía que ver? ¿Puede éticamente desligarse de su responsabilidad en el armado de esa estructura? Sus propios colaboradores están diciendo que él estaba en el vértice de la pirámide, pero, aun sin esas confesiones, no hay duda de que un sindicalista sagaz, con años de experiencia en el manejo de realidades políticas (aunque no fueran las del Estado), no podía ser tan ingenuo para no advertir lo que ocurría. Por otra parte, digámoslo con toda claridad, era pública y notoria su cercanía a la firma Odebrecht. Recuerdo haber leído en diarios, como una noticia normal, que, salido ya de la presidencia, había viajado a Venezuela con los jerarcas de esa firma para ayudarles a cobrar sumas derivadas de obras públicas adjudicadas a dedo en la satrapía “bolivariana” (con perdón del Libertador).

Por donde se le mire, lo de Lula es trágico. Muy lamentable. Porque en su caso da la impresión de que más que un empeño de enriquecimiento personal, hubo el desvío moral de una ambición que se había desatado y quería conservar el poder a todo trance, indefinidamente. A partir de allí, embriagado con su omnipotencia, creyó que hasta podía recibir un triplex en Guarujá y que no pasaba nada. Y que se podía enriquecer todo su entorno de un modo escandaloso y que nadie le cobraría cuenta. Incluso que podía desarrollar esa conmixtión espuria de poder público y privado que hacía de él un emperador popular.

Es verdad que, pese a todo, mantiene un segmento de población que lo acompaña. Es gente que recibió muchos beneficios de él en tiempos de “vacas gordas” y que, en su mayoría, se identifica todavía con el viejo obrero, salido de las clases populares. No otra cosa muy distinta pasa con el kirchnerismo, que aún convoca a gente agradecida y que acoge, por oposición, la falsa idea de que han llegado al poder los ricos para quitar beneficios. No creemos que esa popularidad le sea suficiente a Lula para retornar al poder democráticamente, pero nadie, por más popular que sea, puede atropellar las leyes, conducir una operación sin precedentes de uso de los dineros públicos con fines privados e instalar la corrupción populista de que quien tiene votos puede alzarse con el dinero de la sociedad y abusar del poder del Estado.

Repetimos, es todo muy triste. Pero a la corrupción hay que llamarla por su nombre. Lo contrario es que todos nos hagamos cómplices de ella.

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Político, abogado e historiador uruguayo, presidente del Uruguay en dos ocasiones (1985-1990 y 1995-2000). Durante la década de 1950 se desempeñó como periodista y cursó estudios de derecho en la Universidad de la República Oriental del Uruguay, de donde egresó con el título de abogado. En 1962 obtuvo un escaño en la Cámara de Diputados y fue reelecto en 1966 y 1971. Fue ministro de Industria y Comercio (1969-1972) durante el gobierno de Jorge Pacheco Areco, y de Educación y Cultura (1972-1973) en la administración de Juan María Bordaberry. Tras el golpe de Estado de junio de 1973, Julio María Sanguinetti fue proscrito políticamente, por lo que regresó a su actividad profesional como abogado y periodista. En aquellos años fue fundador de la Comisión del Patrimonio Histórico y presidente del Centro Regional para el Fomento del Libro y la Lectura en América Latina. Asimismo, fue redactor político y columnista de El Día y del semanario Visión. En 1981 se convirtió en el principal dirigente de Partido Colorado y tuvo un papel decisivo en las conversaciones con las Fuerzas Armadas que hicieron posible la reinstauración de la democracia. Tras el Pacto del Club Naval, Sanguinetti fue nominado candidato a la presidencia. En las elecciones de noviembre de 1984 condujo a su partido a la victoria, y asumió la presidencia el 1 de marzo de 1985. Entre las primeras medidas que adoptó se cuentan importantes reformas democráticas y la liberación de presos políticos, incluidos los miembros de la organización Tupamaros. En esta etapa se firmaron los acuerdos para crear el Mercado Común del Sur (Mercosur) con Argentina, Brasil y el Paraguay. Entregó el gobierno al blanco Luis Alberto Lacalle el 1 de marzo de 1990 y, tras seguir al frente del Partido Colorado, entre 1995 y 2000 volvió a ocupar la presidencia de la nación.
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