La hora más oscura de los partidos tradicionales

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La elección de Italia vuelve a poner sobre la mesa el fenómeno que se viene dando con insistencia en el mundo: el voto reactivo, enojado, prejuicioso y fundamentalmente antipolítico.

Así fue el Brexit, así ocurrió con Donald Trump, así ha pasado en Austria, en Europa del este y hasta en España, con la fragmentación de los partidos, primero y últimamente el nacionalismo catalán, que ha llevado su sentimiento identitario al rechazo al Estado y su sistema.

La propia Alemania no ha escapado al vendaval y recién ahora, trabajosamente, se ha logrado formar un gobierno, habida cuenta de la dispersión producida y la aparición de corrientes extremistas.

Los movimientos críticos de la vida política no son nuevos. Normalmente emergen en momentos de crisis o desasosiego. Europa es un cumplido ejemplo. Entre la inmigración, fenómeno que sacude a las sociedades por su volumen y sus características; el terrorismo y el enorme cambio tecnológico, que le mueven el piso a todo el mundo, sea empresario o simple operario, se produce un envolvente clima de inseguridad.

Esa sensación arroja culpas sobre los dirigentes, al barrer y sin mucho análisis. En ocasiones pueden tener alguna razón, pero en otras no. Volvemos al ejemplo de Alemania, con una líder fuerte y capacitada, que ha manejado exitosamente el país, pero que sorpresivamente aparece debilitada por esos impactos sociales.

El cuestionamiento a los partidos tradicionales y a sus líderes introduce un agravamiento de las situaciones. En vez de buscar reformas en los partidos, sustitución de sus liderazgos mediante elecciones internas que, en términos generales, funcionan democráticamente, se va al rechazo, a la indignación, a una apelación despectiva para toda la política, a la que se la ve como una actividad indigna por sí misma, escenario de la corrupción y la especulación descarnada de intereses. En una palabra, se la juzga, con falsa generalización, como el mundo de la serie House of Cards. Así, lo que debió ser renovador se transforma en reaccionario.

Por supuesto, la corrupción ha pasado a ser un fenómeno recurrente, pero si ha salido a la luz pública es por los valores del sistema democrático, de su prensa libre, de sus parlamentos sometidos al constante escrutinio de la ciudadanía, de una Justicia independiente, de sus propios partidos, abiertos a la discusión interna. Se trata entonces de cuidar al sistema, de no denigrarlo, de no dejarse arrastrar por los demagógicos gritos de “que se vayan todos”, como si ese rechazo asegurara mejores tiempos.

Lo que se está viendo deja bien en claro que por ese medio lo que aparece es normalmente peor: dirigentes radicales, que responden a las inquietudes momentáneas de la gente con planteos simplistas y efectistas y solo instalan chivos expiatorios. En Alemania fue la inmigración turca y en los Estados Unidos, una desocupación inexistente y los pobres mexicanos.

La respuesta adecuada es la renovación, el reformismo, los cambios adentro de las estructuras existentes, para sanearlas, vivificarlas, darles nuevos rumbos. La negación, la hostilidad, el clima iracundo no construyen. Podrán momentáneamente ser un factor de cambio, pero difícilmente la respuesta constructiva que necesitan sociedades inmersas en un mundo en transición, sometido a una constante modificación de los mecanismos de producción y trabajo, a procesos realmente estructurales.

Esta reflexión vale para el mundo y, por supuesto, para países como los nuestros. En Uruguay, por ejemplo, la protesta agropecuaria ha sacudido el escenario por reclamos económicos, pero felizmente no se ha deslizado hacia ese clima de generalizado rechazo. Han señalado un problema real y hablado con fundamento. Es esencial que se mantenga en esa orientación y se transforme así en un acicate para la renovación política, alejándose de la tentación del cuestionamiento airado a la mal llamada “clase política”.
Estamos aproximándonos a la elección.

En el correr del año se irán perfilando las candidaturas que disputarán la contienda democrática. El debate siempre es fuerte y suele caer en el blanco y negro, pero felizmente se advierte en la oposición un clima de construcción. Las autoridades coloradas formalizaron la presentación de 400 proyectos elaborados a lo largo de estos tres años.

También los líderes nacionalistas han formulado propuestas, tanto legislativas como de la necesaria coordinación política que deberá construirse en el espacio opositor. En este momento es el partido de gobierno el desasosegado, el que está actuando con malhumor, porque los problemas viejos, como la seguridad y la educación, no mejoran, y los nuevos, referidos al agotamiento financiero del país, lo acosan de modo creciente.

La ciudadanía es la que, al final de cuentas, decidirá. Es una enorme responsabilidad que recae en cada elector. No se trata de una encuesta, que se contesta espontáneamente. Es un proceso de decisión que empezará este año y terminará el que viene. Procuremos todos que la decisión sea hacia el cambio político y la afirmación institucional.

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Político, abogado e historiador uruguayo, presidente del Uruguay en dos ocasiones (1985-1990 y 1995-2000). Durante la década de 1950 se desempeñó como periodista y cursó estudios de derecho en la Universidad de la República Oriental del Uruguay, de donde egresó con el título de abogado. En 1962 obtuvo un escaño en la Cámara de Diputados y fue reelecto en 1966 y 1971. Fue ministro de Industria y Comercio (1969-1972) durante el gobierno de Jorge Pacheco Areco, y de Educación y Cultura (1972-1973) en la administración de Juan María Bordaberry. Tras el golpe de Estado de junio de 1973, Julio María Sanguinetti fue proscrito políticamente, por lo que regresó a su actividad profesional como abogado y periodista. En aquellos años fue fundador de la Comisión del Patrimonio Histórico y presidente del Centro Regional para el Fomento del Libro y la Lectura en América Latina. Asimismo, fue redactor político y columnista de El Día y del semanario Visión. En 1981 se convirtió en el principal dirigente de Partido Colorado y tuvo un papel decisivo en las conversaciones con las Fuerzas Armadas que hicieron posible la reinstauración de la democracia. Tras el Pacto del Club Naval, Sanguinetti fue nominado candidato a la presidencia. En las elecciones de noviembre de 1984 condujo a su partido a la victoria, y asumió la presidencia el 1 de marzo de 1985. Entre las primeras medidas que adoptó se cuentan importantes reformas democráticas y la liberación de presos políticos, incluidos los miembros de la organización Tupamaros. En esta etapa se firmaron los acuerdos para crear el Mercado Común del Sur (Mercosur) con Argentina, Brasil y el Paraguay. Entregó el gobierno al blanco Luis Alberto Lacalle el 1 de marzo de 1990 y, tras seguir al frente del Partido Colorado, entre 1995 y 2000 volvió a ocupar la presidencia de la nación.
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